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JOSÉ MANUEL GARCÍA poeta

POEMAS CUENTOS CORTOS MEDIA CONTACTO

El encargo

Aún no contaba dieciocho años y ya era un empedernido lector de poesía y un entusiasta versista, fiel enamorado de los alejandrinos, de los pareados, del verso libre y también de los menesterosos ripios, pero en aquel tiempo de grandes esperanzas y escasos reconocimientos no podía imaginar que estos amores, en el transcurso vacío de mi vida, me llevarían tan lejos…

Todo comenzó veinte años más tarde en aquel café de artistas, poetas y escritores que frecuentaba un día sí y dos o tres no y donde hice algunas peculiares amistades. Una tarde entre copas, una dolida dama con la que jamás había cruzado antes una sola palabra, me contó la triste historia de su vida y me sugirió un negocio prohibido. Mi escasa fortuna, mi ambición y la precariedad de mi existencia fueron el pretexto de que escuchara con gran atención el especial encargo de aquella bella poetisa, tan desconocida como yo en todas las editoriales del país. Su increíble proposición era tan real como el abultado sobre con valiosos billetes de banco que me entregó allí mismo. Puso también en mi mano una hojita de papel con una breve anotación al tiempo que me hacía otras promesas que me aseguraba darían estabilidad a mi vida para siempre; así que, después de no pocas cavilaciones, me dejé llevar sin más por inciertos caminos donde mis sueños no quisieron acompañarme.

A partir de aquel momento esperé la ocasión que tendría que llegar. Todos tenemos un día de suerte y el azar eligió para mí una noche lluviosa y fea del invierno de qué más da el año. Me estaba enfriando y percibía la humedad en mi cuerpo. Mis nervios se hicieron presentes y temí perder la paciencia en aquella solitaria parada. Eran ya las doce y media de la recién estrenada madrugada; la luna no se dejaba ver y soplaba un aire intermitente dominando las horas más oscuras de mi vida y abrazándome cada vez con mayor insistencia. Por fin el taxi apareció precedido del haz de luz de sus faros que a duras penas penetraban la espesa cortina de aguanieve.

Subí agradecido, me acomodé y dí una dirección muy apartada. El taxista, un hombre adusto de facciones duras, me miró de soslayo unos instantes y sin hacer preguntas inició la marcha camino del arrabal que pronto atravesaríamos.

En el interior, un visible carné que resaltaba en negrilla y con letras mayúsculas la matrícula del vehículo: CE1834CA, trajo a mi memoria un vago recuerdo de las siglas de una vetusta asociación. A su lado, unos breves poemas cuidadosamente adheridos al cristal invitaban al viajero a su lectura.
-- ¿Los hace Usted? - le pregunté.--No, los versos son de mi mujer que no tiene otros asuntos mejores en que ocuparse.



-Pues algunos son muy buenos -le contesté. Y entonces me pareció escuchar una especie de gruñido a modo de respuesta y ya no hubo otra cosa entre nosotros que un largo silencio…Poco después, el camino se estrechó y el conductor aminoró la marcha…



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Al día siguiente me levanté confuso y agotado y permanecí
bajo la ducha mucho tiempo con los ojos cerrados y hurgando en mi memoria. Luego encontré en un bolsillo un papel muy deteriorado, le faltaba además un pequeño trozo, consecuencia sin duda de un incesante manoseo. Fue entonces cuando mecánicamente encendí el televisor.


Las noticias de las tres de la tarde no dejaron de sorprenderme. Un taxista había muerto asesinado la pasada noche y su cuerpo escarchado fue encontrado al amanecer en un descampado de las afueras de la ciudad. Según los primeros indicios, le habían disparado en la nuca y todo parecía indicar que se trataba del fatal resultado de un robo violento.



Junto a su cadáver no se encontraron pistas. La lluvia también había tomado parte a favor del asesino. Se intentó identificar al autor por las huellas lofoscópicas reveladas en la inspección ocular del vehículo sin obtener resultado alguno, sin embargo, se supo mas tarde que había al menos una docena de versos en la mampara móvil que separaba los espacios de pasajero y conductor. La policía científica concluyó su investigación asegurando que todos ellos eran obra de la misma persona, menos uno, que publicaron los periódicos, atribuyéndole escasa calidad y peor gusto.

Decía así:


¡Hermano!
A lo peor
ya ha nacido el gusano
que rondará tu sepultura
y morará a tu lado.


¡Ve con él!
Tu tiempo ha terminado,
que la vida es muy corta
para el desventurado.



Escribo tu final
sin temblarme la mano,
mi bien es hoy tu mal:
tú pierdes y yo gano


¡Adiós!, sin más ¡adiós!
te vas con tu pasado
Nunca recordarás
que fuiste otro gusano.

Días después, totalmente repuesto de mi inicial aturdimiento y como en el fondo soy un sentimental, compré unas flores y fui a dar mis previstas condolencias a su joven viuda. Cuando le dí el pésame le devolví su papel donde sólo estaban manuscritas cuatro letras y cuatro dígitos. La miré fijamente a los ojos reteniendo su mano y al devolverme la mirada, nuestros labios dibujaron por primera vez una sonrisa cálida. Ambos sabíamos que todo había terminado.

Salí a la calle sin llamar la atención, con aire circunspecto y cubriéndome parte del rostro con la mano. Intentaba olvidar. Respiré profundamente y apreté el paso huyendo de mí mismo.

Un año más tarde, aquella desconsolada esposa, a quien la policía no pudo relacionar con el crimen, cobró un nada despreciable seguro de vida, liquidó su patrimonio, cumplió generosamente sus compromisos y desapareció con un apuesto sudamericano al que conoció cuando vivía su difunto marido, de cuyo nombre nunca más debió de acordarse.

El encargo pues, había concluido felizmente.

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EPÍLOGO

Los inviernos pasaron muchas veces y prescribió el delito y como la pujanza de la vida entierra los sucesos más tristes, también el tiempo cubrió hasta el olvido la trágica historia.

Yo me convertí en un discreto hombre de negocios que gustaba rememorar sus antiguas composiciones literarias en los solitarios paseos que me acompañaron muchas tardes en el espléndido taxi que heredé.

De mis viejos recuerdos guardo el más feliz, cuando ví una minúscula parte de mi obra poética publicada en todos los medios de comunicación.



Mas todo sería perfecto si pudiera dormir en las noches de lluvia…